viernes, 31 de agosto de 2007

Postales limeñas

La Palabra Ingenua 31/08/2007
Por runa, comunidad del río hablador

Postales limeñas

El día de Santa Rosa limeña me regaló algunas postales crudas y cotidianas.

Sube una chica a la combi en la que viajo. Una niña. Debe tener sus 12 años. “Madrecita linda, padrecito lindo, vengo a pedirte un apoyo a través de este producto golosinario...”. Repite su rollo por enésima vez en el día, de memoria y sin convicción, con la mirada fija en algún punto para no ponerse nerviosa.

No le compro. No tengo ganas. En mi caso, depende mucho del ánimo del momento. A veces compro, a veces no. Algunas personas tienen una política definida para decidir si “colaboran”. Hay quienes solo le compran a quien no habla; hay quienes esperan un caso conmovedor para meter su mano al bolsillo; están aquellos que buscan un discurso franco y no un rollo aprendido de paporreta; también están los que no le compran nunca a un niño porque piensan (y tienen razón) que detrás hay un adulto que está sacando provecho de su trabajo: en buena cuenta, que lo está explotando. Yo salto indistintamente de una justificación a otra y, en el fondo, sé que depende de mi cambiante estado de ánimo.

Esta vez, no le compro. Pero cuando no le compro, debo combatir internamente con un sentimiento de culpa que crece y crece. Es un debate apasionado, lleno de argumentos (lleno de justificaciones). “¿Qué diferencia harán mis 10 céntimos en su vida?”, me pregunto. Y me respondo con otra pregunta: “¿qué diferencia harán esos 10 céntimos en MI vida?”. El yo que no quiere “colaborar” insiste y se pone estadístico: “esta niña vende todos los días, en promedio, la misma cantidad. Hoy no le compras, quizás mañana le compres: lo que hagas no tiene importancia porque en su negocio sólo eres un potencial comprador entre tantos”. El yo altruista acepta que su poder como comprador es limitado y se arriesga: “Sé que no tiene ninguna importancia concreta el hecho de que le compre o le deje de comprar. Lo que tengo que hacer es intervenir de otra manera en la vida de esta niña: bajarme del micro con ella, conversarle, conocer su situación, ir a su casa (si la tuviera) y tratar de efectuar alguna ayuda que le sea significativa a largo plazo, no solo para parar la olla de esta tarde”. Este yo altruista no es tonto: sabe muy bien en qué consiste el debería. Pero sabe, también, que estas solo son disquisiciones de joven burgués con sentimiento de culpa. No se bajará del micro. Tiene “otras cosas” que hacer.

El yo que no tiene ánimos de comprar le ayuda a justificarse: “sabes que así logres ayudar en serio a esta niña particular, allí en la calle hay miles, millones de personas en su misma situación, sin ingresos fijos, viviendo al día, para las cuales terminar de vender su bolsa de caramelos hoy equivale a poder preparar el aguadito de mañana”. “¿Pero entonces? ¿Qué hay que hacer?”. (“Hay que” es una construcción gramatical fabulosa, porque carece de sujeto. ¿Quién se encarga de lo que “hay que” hacer?). “¿Cómo que qué hay que hacer? Lo sabes muy bien: cambiar las estructuras injustas de esta sociedad, revolucionar la manera en que está organizado el mundo, construir un país sin ricos ni pobres...”. El yo altruista ha escuchado este rollo mil veces, quizás tantas veces como ha escuchado el “madrecita linda, padrecito lindo”. Le provoca responder: “sí, pero hasta que eso ocurra... al menos podría ayudar a esta niña concreta”. Pero no lo hace. Se limita a asentir: “sí, tienes razón”.

Terminado el debate interno, casi he llegado a mi destino. “¡Semáforo baja!”. En el paradero confirmo lo que el yo intelectual había diagnosticado bien: diez o doce niños, tres viejitas y cinco muchachos vendiendo habitas, caramelos, olé olé, cañonazo, llaveritos del búho y el tumi hechos en el penal... En distintas esquinas, en distintas actitudes, con distintos rollos... Unos ya se cansaron y juegan. Igual se quedarán hasta tarde chambeando, porque tienen que devolver la bolsa vacía a la persona que los “coordina”. Eso, en el caso de los que trabajan dentro de alguna red medio informal. Los que venden por su cuenta, es lo mismo: un olé olé vendido es una papa más en el caldo del día siguiente.

Sí pues... ¡Qué impotencia se siente! Y el debate continúa: ¿lo estructural o lo inmediato? ¿lo concreto o los gaseosos discursos que prometen resolverlo todo? ¿la política o la asistencia? ¿la concientización y la organización o la caridad y el clientelismo? Tal y como veo las cosas, la respuesta es obvia: más vale curar la enfermedad que aliviar los síntomas. Pero “curar la enfermedad” parece demorar tanto y ser tan pretencioso, mientras la gente de carne y hueso sigue conociendo el hambre y la frustración cotidianas. También noto con náusea el tufillo jerárquico de mi discusión: los términos están planteados en base a lo que debería hacer un “yo” o un “nosotros” que parece bastante reducido a la élite “ilustrada”. ¡Qué michi importa eso! Sé que las soluciones que perduran son aquellas que surgen desde abajo y se legitiman solas en la práctica, y no las que grupitos y vanguardias de iluminados tratan de imponer. Pero, por otro lado, en mi fuero interno no puedo sino cuestionarme sobre lo que puedo hacer yo, y no sobre lo que pueden hacer los otros.

Todo el día estas ideas dieron vueltas en mi cabeza, e iban cristalizando lentamente bajo la forma “artículo”. Anochece. Ahora camino por una calle vacía. Sin darme cuenta cómo, me veo rodeado por cuatro o cinco muchachos (¿de mi edad? ¿más jóvenes que yo?). “¡Esto es un asalto!”. Celular, billetera, documentos, llaves, casaca. Respondo pacíficamente (¿qué otra cosa me queda?). “¡Pórtate bonito o sacamos la pluma!”. (Tranquilo, no tengo ganas de averiguar si tienes armas o me estás metiendo letra). “¡Y ahora lárgate rápido si no quieres que te pase nada!”.

¿Qué sentir? ¿Cólera? ¿Rabia? ¿Impotencia? ¿Un incipiente odio?

No, no. Solo me he convertido en un número más dentro de una estadística. Cada día asaltan a miles de personas: esta vez me tocó a mí. Nuevamente la cabeza se llena de inquietudes.

En la onda en que va el artículo, quizás alguien crea que voy a relacionar pobreza con delincuencia. No se trata de eso. ¿Quiénes son los chicos que me asaltaron? ¿Por qué lo hicieron? Por lo que ví, no pienso que sean chicos que se encuentran en una situación de necesidad extrema. Puedo equivocarme (“nadies sabe lo de nadies”, como dice la sabiduría popular). Pero creo que, al ojo, conozco muchas personas que están en una situación de necesidad objetiva mucho más grave que la de estos muchachos y que no han pensado nunca en la opción del robo. Por el contrario, son personas legalistas y meticulosas al extremo incluso a la hora de reinvindicar derechos elementales.

No es la necesidad. Es “la plata fácil”, como dice la canción de La Sarita. Y la plata fácil es un valor que flota en el ambiente, un valor legitimado una y otra vez por los Torres Caro de la política, por la ambición inescrupulosa que pasa por encima de normas medioambientales o laborales, por la publicidad y el discurso mediático... La plata fácil es, en resumen, un valor del capitalismo o, al menos, del capitalismo post-industrial.

Inseguridad. Nuevamente, “¿qué hay que hacer?”. ¿Más policías en las calles, penas más duras, cárceles... ? Sin un cambio cultural que transforme la manera en que valoramos las cosas, miles de policías no van a hacer de ésta una ciudad más segura. Pero al igual que hace un rato, la experiencia inmediata nos hace pensar: ¿hasta cuándo vamos a esperar ese cambio? Y la sensación de inseguridad hace a muchos pedir la instauración de un Estado cuasi policial, con cámaras y vigilancia omnipresente.

Claro que hay una relación entre pobreza y delincuencia. Claro que hay una relación entre los niños vendiendo caramelos y los muchachos cuadrando a transeúntes incautos. Pero ¡obviamente! no es una relación mecánica, sino una relación estructural. Si “la plata fácil” es el valor, el mundo se divide en dos: los vivos que saben aprovecharse (desde presidentes hasta choros de poca monta, pasando por empresarios reconstructores) y los tontos que creen en la legalidad, la buena fé y la solidaridad. Si la vida es una competencia, ¡a competir! Cualquier medio es legitimo.


Esos muchachos se quedaron con mi casaca y mi celular. Objetos sin mayor importancia... solo objetos. Además, se llevaron algunas cosas con valor sentimental: un llavero que usaba hacía tal vez 15 años, la navaja que me regalaron unas viajeras, una estampita de Sarita Colonia. Pero no me pudieron quitar la convicción de que la vida no es una competencia. No lograron que mi preocupación sea defender “mis” cosas. Lo que estas postales limeñas me hacen pensar una y otra vez es cómo hacemos para construir un país en el que no haya de quién defenderse y no haya con quién ser caritativos. Y, sobretodo, cómo hacemos eso atacando al mismo tiempo los efectos concretos y las causas de fondo, es decir, chambeando al mismo tiempo con quienes la sufren hoy y para que nadies la sufra mañana. Preguntas que siguen dando vueltas...


Nota: el documento original ha sido elaborado con OpenOffice.org Writer como procesador de textos. Utilice y difunda software libre: ¡No al monopolio corporativo de Microsoft y compañía!

4 comentarios:

michellejuarez dijo...

Polito:
Gracias al susto que nos pegastes tuve la inquietud de leerte.
La verdad que me hace reflexionar sobre la realidad y saber tambien que desde nuestro medio, como personas que somos, podemos hacer una cambío en alguién, aunque a veces por pensar en las réspuestas te pasen cosas como estas.Plop! premo así son las cosas...

Un beso
Michi, tu prema.

NatalíDg dijo...

Interesante artículo joven runa, perolo más inquietantes y preocupante es el hecho de caminar por las calles y ver ests imagenes (niños vendiendo, robos la luz del día,etc)y ser casi completamente indiferenes, acostumbrarnos a esto, volverlo cotidiano, perder poco a poco nuestra capacidad de indignación...bueno eso no más...Ninarimachik

Julio Irles dijo...

Me gustó mucho tu blog, talentoso y joven periodista limeño. Alguien que te quiere mucho me lo recomendó, lo cual le agradezco enormemente... ¡Esa persona raras veces se equivoca, carajo!

Volveré con más tiempo para leer detenidamente su interesante contenido.

Un saludo afectuoso desde España.

PS. Te puse un enlace en mi bitácora.

denise makedonski dijo...

Mi querido Paul esas preguntas y esas inquietudes han dado mil, diría millones de veces vueltas en mi cabeza, y aún hoy, después de mucho camino recorrido siguen sonando pero aún no he encontrado respuestas...Quizás te parezca pesimista, pero creo que me llevaré esas incognitas, cuando con liviano equipaje parta de acá..Quizás tú puedas encontar algunas respuestas..Besitos...Denise

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